domingo, 20 de enero de 2013

Las tunas de la paz



Elba Rodríguez Ávalos
Doña Lechuza se puso muy contenta cuando doña Golondrina la invitó por primera vez a cenar a su casa. Su amiga le dijo, como referencia, que a la entrada había un gran nopal de tunas rojas.

-Pero ten cuidado de no equivocarte de nopal –le dijo la golondrina. -Junto al mío hay uno de tunas amarillas; ahí vive el halcón Peregrino, quien por cierto ya se ha comido a varios vecinos.

Doña Lechuza, tímida por naturaleza, no se atrevió a confesar a su anfitriona que era incapaz de reconocer más colores que los diversos tonos de gris.

Oscurecía cuando llegó frente a los nopales referidos. Se quedó muy quieta, tratando de adivinar cuál de las dos casas era la de su amiga; cuál de los dos nopales tenía tunas rojas y no amarillas.

Entre tanto, el halcón, que volaba en lo alto, la reconoció con su aguda vista. Recordó que las lechuzas tienen muy buen oído, y se preparó para caerle encima en silencioso vuelo, para atraparla en picada.

Se abalanzó con tal rapidez, que no pudo esquivar los nopales cuando la lechuza, a punto de ser atrapada, percibió un sonido extraño, y se hizo a un lado con rapidez.

El halcón quedó atolondrado y dolorido en medio de las espinosas pencas.

El ave nocturna, además de tímida, era muy noble. Llamó a la golondrina con premura y entre las dos, con sus picos, sacaron todos los ahuates del cuerpo del halcón Peregrino.

Agradecido, cada vez que está a punto de oscurecer, va en busca de sus dos nuevas amigas para disfrutar con ellas las dulces tunas de los dos nopales.

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